El Rolls Royce que John Lennon transformó en símbolo de su rebeldía

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En los turbulentos y creativos años ´60, John Lennon, el Beatle pacifista, supo conjugar (además de los sonidos…) como nadie el placer por las cosas materiales y las protestas ante las injusticias sociales.
No hubo mejor manera de mostrar esas facetas, que las que él mismo empleó.
A bordo de su psicodélico Rolls Royce Phantom V pintado y fileteado, le gritó al mundo entero que la rebeldía corría por sus venas y alimentaba diariamente sus inquietudes.

A finales de los ´60, Inglaterra sucumbió ante el desparpajo de Lennon al darle su personal toque hippie a un símbolo tan preciado para la Gran Bretaña.

Ese era el mensaje. Aquel Rolls Royce Phantom V de color amarillo rabioso y grafismos hippies, era la más clara protesta de John ante ciertas costumbres británicas y las acciones que emprendía su país en lugares como Biafra y el mismísimo Vietnam.

Su movimiento pacifista creció y creció hasta transformarlo aún en vida en el ícono y líder indiscutido de la lucha por la igualdad social y la paz en el mundo.

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En cierta medida Lennon se burló y se mofó de los caminos que la política y la sociedad británica habían tomado. El Rolls Royce amarillo, fue uno de sus gritos más claros y fuertes. Uno de los puntos más creativos de su incansable lucha por los derechos humanos y la igualdad social. Una protesta que, finalmente fue una obra de arte.

La flema y rigidez británicas se vieron manchadas y salpicadas por una verdadera ofensa a un símbolo tan británico como el Big Ben, la Torre de Londres o la mismísima Reina Isabel II.

No fue aquella una elección de mal gusto. No fue un capricho excéntrico y despojado de compromiso.

Aquel Rolls Royce Phantom V era un hippie más, como él, caminando las calles, levantando su puño con un altavoz en la mano, pidiendo paz e igualdad en un mundo injusto y despreocupado.
Aquel auto, que fue casi una extensión de su propio cuerpo, una cuerda vocal más en su garganta, fue el símbolo (otro más) de su eterna y bendita rebeldía.

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Luego de la trágica e incomprensible muerte de John en 1980, el auto se convirtió en una especie de templo pagano al que todos querían concurrir. Se lo paseó por los lugares más extraños e impensados, hasta que finalmente en 1985 un comprador desembolsó la astronómica suma de 2.3 millones de dólares para hacerlo suyo. Aunque no lo fuera. Y aunque nunca lo será.
Porque ese Rolls Royce amarillo y fileteado es del mundo entero, del que busca la paz. A gritos. Con la voz bien alta y bien clara.
Ese mundo que pide incansablemente, que le den una oportunidad a la paz.