McLaren Technology Centre: así se hace un Mercedes Benz SLR McLaren 722

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Al llegar a Woking, lo primero que hice fue darme un par de palmaditas en la mejilla. Una extraña sensación de no saber realmente si estaba despierto o si estaba en el más profundo de mis sueños se apoderó rápidamente de todo mi ser.
La visión era casi dantesca. No me agradaba del todo esa falta de sentido de la realidad. Pero allí estaba y debía seguir adelante.

El gigantesco, casi infinito edificio de vidrio y metal, rodeado por un lago fuera de toda proporción, me hizo pensar que tal vez podría haber sido abducido por una nave alienígena y estaba en realidad, en algún otro planeta.

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Como sin darme cuenta mis pasos me llevaron hasta la entrada del lugar y ya una vez ahí dentro, la palmadita en la mejilla se transformó definitivamente en un verdadero cachetazo…
Si allí fuera la visión era increíble, adentro la cosa se hacía imposible de explicar.

El proceso de fabricación del Mercedes Benz SLR McLaren 722 estaba dando comienzo y para ser franco, nunca sospeché estar dentro de una factoría de automóviles. Jamás.

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Los operarios, los pisos, las herramientas, los mismos autos, eran irreales para mí. Definitivamente.
El colmo de la pulcritud y la prolijidad. El orden y el silencio. La sencillez y la alta complejidad. Todo eso se daba cita en esta moderna catedral de los autos deportivos. Por momentos, tenía la sensación de estar en los pasillos de un sofisticado shopping de mi ciudad, o tal vez en un quirófano de alta, altísima, complejidad. Pero no.
Estaba finalmente en el McLaren Technology Centre, de la localidad de Woking, en Inglaterra, el sagrado lugar desde donde McLaren y Mercedes Benz producen sus fantásticos autos, los de calle y (vecinos al lugar) los de Grand Prix.

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La incredulidad lejos de disminuír, se acrecentaba más y más.
Cada paso dado dentro de la enorme y pulcra factoría contribuía para que mis ojos no dieran crédito de lo que veían.

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Lejos. Todo muy lejos de lo que cualquier otra fábrica de automóviles te puede aportar. Al recorrer el lugar, fue imposible que un viejo espíritu no se apoderara de mí: el espíritu de las viejas épocas románticas de la competición. El de los talleres personalizados y artesanales. El del recuerdo permanente de que a pesar de la tecnolgía y los millones, todavía existen factorías que no olvidan ni pierden de vista que los autos, también se hacen para gente sensible.