Amor sin límites: el auto dentro de casa

Las excentricidades del dinero. Si imaginariamente comenzáramos un tour sobre cosas raras, los casos que nos ocupan en esta nota estarían de seguro, incluídos en el recorrido.
Para ser franco, me encantaría sufrir este tipo de locura.

Hay quienes pueden hacer cosas que nunca nadie se ha imaginado.
En el vecindario de los locos por los autos, hubo unos tipos que pelearon el primer lugar de la lista.

Hace unos cuantos años, hojeando una conocida revista de automovilismo me topé con una simpática nota de color.

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Mostraba al gran piloto de competición de los ´60 y ´70, Joakim Bonnier. La nota hubiese carecido de mayor relevancia de no ser por el motivo central de la misma: ¡el piloto acababa de colgar en la pared de su casa un Mclaren de Fórmula 1 de 1966! Allí en pleno living de su coqueto hogar en las colinas de Suiza, el piloto sueco atesoraba varios millones de dólares, no precisamente en forma de cuadro, sino enmarcados dentro de la silueta de un auto de Grand Prix.

Desde siempre había soñado con hacerlo y cuando tuvo la chance, no lo dudó. Desembolsó unos cuantos verdes billetes y lo hizo suyo. ¿Y quién le quitaba el placer que le causaba levantarse por las mañanas, tomarse un cafecito sentado en el sillón, leyendo el diario y mirando a ese pura sangre de competición colgado de la pared? Nadie. El placer y el gusto eran todos suyos. Y estaba bien así.

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Muy lejos de allí, en espacio y tiempo, otro locos de los autos hacía de las suyas en Newport Beach, Estados Unidos. Un tal Richard Moriarty, andaba por el barrio con un bellísimo Lamborghini Countach de 1974. La cosa era soñada, hasta que el auto italiano comenzó a darle demasiados y sucesivos problemas. Al auto lo amaba, pero tantas visitas al taller ya no eran de su agrado.
Lo primero que hizo fue realizar un gran agujero en el techo de su casa, contratar un enorme grua y pedir que se lo cuelguen (sin el motor, con el cual hizo una gran mesa) en una de las paredes de su mansión.

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El plan salió perfecto. Finalmente ese Lamborghini no le volvió a dar problemas y además se quedaron juntos para siempre.

¿Casos insalvables de locura? ¿Excentricidad en su máxima expresión? ¿No saber qué hacer con el dinero? Todas las opciones valen, o tal vez no valga ninguna. Podríamos muy bien llamar a estos casos como “amor sin medida”, y tampoco estaría mal.