Así se destruyen un Ferrari y los nervios de papá

ferrari-01.jpg

El caso que hoy nos ocupa sucedió hace muy poco tiempo en Australia.
Allí en uno de los más coquetos barrios de Melbourne la escena se repetía a diaro. La esposa de este buen hombre, dueño de un Ferrari 360 Challenge Stradale, insistía hasta el hartazgo en que su marido le prestara finalmente el auto al “nene”. Como al dueño del auto todavía le quedaban algunas neuronas utilizables ante tanta insistencia una noche lo meditó en serio con su almohada y llegó a la conclusión de que tarde o temprano le iba a terminar prestando el auto a su hijo. De esa manera se levantó por la mañana y mientras los tres desayunaban, a modo de “premio sorpresa” tiró las llaves de su Ferrari sobre la mesa y sin decir nada todos entendieron el mensaje. Ese día el hijo tendría finalmente la esperada oportunidad de tomarse del volante de la Ferrari de su padre para lucirse con las chicas por las zonas más paquetas de Melbourne.

ferrari-02.jpg

El teléfono celular del buen padre que tanto se había negado sistemáticamente a prestarle el autazo a su hijo no tardó en sonar. Y una vez que había dicho “hola” del otro lado del teléfono se escuchó lo inimaginable: “¿Señor Fulano de Tal?, le hablamos del departamento de policía para comunicarle que su hijo está sano y salvo después de haberse estrolado (léase: hacerse puré) contra un poste de la luz con su deportivo italiano”.

El dueño del Ferrari sacó fuerzas de donde no las tenía y llegó como un rayo hasta el lugar de los hechos. Su hijo shockeado se había sentado en el cordón de la vereda y su bello Ferrari 360 Challenge Stradale estaba hecho pedazos y abrazado a un poste de luz.
Todos observaron sin comprender absolutamente nada cómo el dueño del auto se lo tomaba con tanta calma.

Imitando a su hijo, se sentó en el cordón de la vereda y llamó a alguien con su celular.
Las malas lenguas afirman que se le escuchó decir algo así: “Muchachos, les acabo de pasar la descripción exacta de mi hijo. Ubíquenlo pronto y encárguense de él… ah! Y que parezca un accidente”.

Nunca más se supo nada del pobre chico…