Cuándo el tuning extremo pasa a ser ridículo?

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Una pregunta que puede generar otros tantos interrogantes como, por ejemplo: cómo sé que las mejoras que le realicé a mi automóvil pasaron de ser exóticas, para convertirse en una desgracia a los ojos? Cómo puedo saber que mi viejo Chevrolet preparado por mis propias manos es o no una pieza de colección de 100.000 dólares, en vez de una carcacha destartalada con pintura que no combina y partes que le quedan horribles? El arte de las preparaciones extremas tiene mucho de buen gusto o significa agregar, agregar y agregar más de lo que le quepe al auto?

Por que pregunto estas cosas? Primero porque es bueno que entre todos pensemos y filosofemos sobre la realidad automotriz (es bueno para abrir la mente). Segundo, porque tiempo atrás presentamos el ranking de los autos preparados más feos del mundo, según el sitio Jalopnik, y comprobamos que, más allá la fama del sitio que acabo de nombrar y su credibilidad, muchas personas consideraron que los coches horrorosos en cuestión no lo eran tanto. En otras palabras, a veces lo feo para algunos de nosotros no lo es para otros. Lo que es basura para algunos es oro sólido para otros (ni Platón lo hubiera dicho mejor).

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Entonces: cuál es el punto medio en el arte de las preparaciones? Por qué un vehículo exagerado en sus partes, colores y con un equipo de sonido más grande que el coche, mueve el piso a tantos fanáticos y a otros da repulsión? Podemos decir que gustos son gustos o, quizás, que es una cuestión de culturas: ya vimos en Coches 2.0 cuál es la preferencia de los japoneses con respecto al tuning, miren ustedes aquí. También es una cuestión de dinero: obviamente no es lo mismo conseguir partes originales de un clásico de los ‘60 que colocarle un pedazo de chapa a la fuerza y pintarlo a lo bestia.

Como conclusión, puedo atreverme a afirmar lo siguiente: una buena preparación o un buen tuning (como quieran decirle), se hace posible cuando el coche mantiene la esencia: es decir, cuando todavía se nota que es un modelo de tan marca y de tal modelo (no otra cosa completamente distinta). Qué gracia tiene querer hacer parecer a nuestro Ford del ’79 como una Ferrari o al Dodge de nuestro vecino como un Lamborghini Diablo ridículo? Lo importante es poder apreciar el auto en cuestión y no solo ver una maraña de metales, pintura y equipos de audio en 4 ruedas.