Fiat 600 D 1964: una bolita que rueda hace 43 años

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La marea, que por lo general llamamos tránsito, avanza presurosa intentando deseperadamente regresar al hogar terminando la dura jornada de trabajo. Todo parece monótono, sin variantes, aburrido. Pero no todo es igual.

Ahí viene por fin. Al mirarlo es imposible no pensar que este auto parece estar en las antípodas de cualquiera de los monstruos que solemos ver por las calles de la ciudad. Los autos avanzan enloquecidos, sin embargo, allí, en medio de esa manada de vehículos clonados por la tecnología y las nuevas tendencias, surge finalmente el dibujo naif de un magnífico auto de otros tiempos. Este Fiat 600 D, se abre paso sin pedir permiso, tal vez por el respeto que inspira en los demás su rica historia o por el cariño que despierta su simpática figura.

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Sea como sea, está allí, ocupando “su” lugar, ese mismo lugar que se supo ganar en el corazón de todos y que lo ha transformado prácticamente en el ícono de una marca en nuestro país. La “bolita” sigue viva, y en este caso más viva que nunca. Como por arte de magia, como viajando en el tiempo, aparece, intacto, como si se tratara de la reencarnación de un 0 km. de otra era.
Pero no hizo falta ningún túnel del tiempo, ningún truco ni efecto especial, este auto es real, bien real y vive entre nosotros, en la Capital Federal de la Ciudad de Buenos Aires.

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Una mañana, me encuentro con Alejandro, su orgulloso dueño. Y entonces, me lo presenta. Es su joya, su más preciado tesoro.
Su mirada confunde, no se sabe si está frente a un auto, un hijo o frente a una extensión de su propio cuerpo que a pesar de su estatura, se acomoda como el de nadie en el diminuto habitáculo del “Fitito”.
Se trata de un magnífico ejemplar del año 1964,un increíble Fiat 600 D que, entre otras cosas tiene como particularidad ser el último en ser fabricado con la famosa y característica puerta “suicida”, esa misma que se abre en sentido opuesto a lo tradicional.

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Y allí, su dueño, se siente cómodo. No parece haber otro lugar en el mundo en donde se sienta mejor.
Me habla tomándose del volante y lo acaricia como si fuera la primera vez que lo hace. Como si quisiera atesorar para siempre ese instante, que de seguro, no se repetirá de igual modo otra vez. Me habla para contarme los sectretos de su auto pero no me mira. Sus ojos sólo “viven” para su magnífico 600. Su inigualable “bolita”. Y razones no le faltan. El auto es un ejemplar único en su clase. Por su estado de conservación y su óptimo funcionamiento.
Por su prestancia y su vigencia. Por el valor que tiene, desde lo histórico y desde lo emocional.
Sólo al verlo te das cuenta: no hay otro igual.
Ahora, hacé correr la “bola” .